En lo profundo de la jungla Suroriental, a mitad de camino entre el pequeño pueblo de Sinel y la ciudad imperial conocida en esta época como Jades, yacen unas ruinas a las que muy pocos han visto en mucho tiempo. Entre el denso follaje de la selva si se sigue curso del rio Buen Hermano, un rio de aguas negras que tributa al gran Rio Gris, se puede llegar a ellas. El crecimiento de la indomable selva a escondido la mayor parte del templo, tal es la fuerza vital de la jungla, que podrías caminar a la distancia de dos pasos de las ruinas y aun así podrías no verlas nunca, en su lugar el paisaje esta poblado de verdes de todos los tonos, moteados de flores y frutos de cualquier color. Los animales cantan sin cesar como si rindieran tributo a los dioses que alguna vez fueron adorados en este lugar; cacatúas, loros, papagayos y otras aves cantan incesantes durante el día, y los búho águilas y las ranas que croan su canción amorosa los reemplazan durante la noche. De repente y sin esperarlo, el estruendoso alarido de los monos aulladores, comunicándose a vastas distancias sobre la copa de los poderosos árboles. El intoxicante olor de una amalgama de flores tropicales se incrementa mientras uno se acerca al templo, formándose un perfume natural cuya fragancia daría envidia a los más diestros perfumeros de la Gran Bifurcación.
El viaje es más fácil de emprender en barco, aunque la mayoría de los locales no quieran adentrarse tanto en el bosque, por temor a la bestia come hombres que se rumora vive en la zona. El rio se separa del Gris hacia el oeste, tras más o menos tres horas de viaje desde la villa más cercana. Desde entonces el viaje se vuelve más difícil, habiendo que luchar contra la corriente del rio. El viajero que conoce su destino sabrá que se está acercando mientras un cerro que rompe la relativa armonía del horizonte se ve cada vez más grande, cuando se está casi en la elevación, el cantar de los animales es opacado por el tronar de una cascada. Súbitamente el rio se abre para formar una pequeña laguna de agua oscura en cuya orilla este el agua cae precipitadamente desde las alturas del cerro y recorre un pequeño canal de unos 50 metros antes de llegar a la laguna en sí. Este escenario, por esplendoroso que sea podría encontrarse en muchas otras partes de la creación, salvo por dos características muy peculiares. La primera es que el canal que une la cascada con el cuerpo de agua es extrañamente uniforme, como si fuera hecha por el hombre y la cascada cae por debajo de un arco coronado por un gran disco, que en los pequeños espacios que no están cubiertos por enredaderas refleja la luz del sol en un resplandor de color dorado intenso. Pese a que esto en si es muy extraño, no suele ser visto por los pocos visitantes que el sitio a tenido en las últimas centurias. La razón de esto es la otra característica peculiar del lago: una inmensa estatua, o lo queda de ella, de oro macizo que se levanta en el medio de la laguna, que ha juzgar por los pies y piernas de la estructura y un brazo que también sobresale de la superficie del agua, debió medir unos 12 metros de alto cuando estaba completa.
Una vez en el canal uno puede darse cuenta por los parches de mármol aquí y allá que se encuentra en lo que alguna vez fue una inmensa construcción, poco a poco se pueden ver pilares caídos y paredes labradas cubiertas por la hiedra de la jungla que intenta retomar lo que alguna vez fue suyo. El templo en sí parece estar escavado de la misma montaña, que es como un macizo bloque de mármol de grandes proporciones. Varias estructuras pablan los alrededores de la laguna. La presencia de antiguas armas y armaduras revela a una de ellas como una barraca y otra aparenta ser la residencia de sirvientes. El templo en si es un vasto cuarto dentro de la bóveda de la montaña del que se separan varios pasillos que se dirigen a cuartos con diversos usos y coronado por un altar de jade negra y oricalchum que contrasta con el blanco del templo, y es iluminado constantemente por luz que atraviesa una ventana detrás de la cascada, lo que le da una apariencia mística a la luz.
Tomando un sendero que alguna vez fue una escalera se puede llegar a la cima del cerro, donde descansan una serie de pilares que forman un círculo alrededor de un altar de mármol con detalles de plata, donde antiguos sacerdotes de la luna realizaban sus ofrendas a la diosa.
Este lugar alguna vez fue conocido como el Templo del Sol y Luna Resplandecientes, se dice que en cada esquina de la creación había uno de estos templos, atendidos por un sacerdote del sol y uno de la luna, y que estos dieron sus vidas protegiéndolos de los usurpadores y siguen aun esperando el regreso de sus señores. El templo de la isla celestial hace mucho tomado, siendo ahora un monasterio inmaculado, sus estatuas y efigies lanzadas al mar donde nadie las encontrara. De los otros tres no se ha escuchado en mucho tiempo, pero se dice en algunas reuniones de lunares que sus sacerdotes hicieron un pacto y regresaron a protegerlos hasta que sus compañeros solares regresaran.
2008-05-05
2008-05-03
2008-03-26
2008-03-17
2008-03-11
2008-03-10
2008-03-08
2008-03-07
2008-03-06
2008-03-05