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Relato de Kafka

Encuentro entre Griffith y Kafka

Cuando era niña vivía en una pequeña chabola a unas horas al sur de Yane, al este de Claroscuro. Era un lugar hermoso a pesar de su clima caluroso y las ventiscas secas provenientes del desierto cercano. Mi choza, pequeña pero acogedora, estaba entre tierras cultivables gracias a los sistemas de irrigación creados por los Señores gobernantes de la región. A lo lejos, después de todos los campos y algo más, se levantaba la cordillera que nos separaba de las tierras boscosas del este. Mis vecinos más cercanos estaban a media hora de caminata y se encargaban de cultivar las tierras que les correspondían. Así, esa zona estaba dividida en parcelas grandes, otorgadas por los terratenientes para su cuidado, cultivo y labranza. Una familia vivía en cada parcela y de padre a hijo se pasaba la responsabilidad por ella. Era duro realmente, en especial si no teníamos una buena cosecha, pero normalmente teníamos comida brindada por las tierras y por los animales que criábamos. De vez en cuando los jefes de las parcelas se reunían para intercambiar bienes y comida, o mandaban un delegado a la ciudad para adquirir lo que faltara. Así se evitaba comer lo mismo todos los días. Tengo buenos recuerdos de mi niñez con mis hermanos y mi madre. Al menos como era todo hasta aquel día.

Un día, cuando tenía doce años, uno de los terratenientes pasó por mi chabola en su carroza y se detuvo para esperar a mi padre a que saliera de su oficio matutino. Mi madre en seguida lo invitó a pasar adelante para que esperara. Mientras el hombre pasaba a nuestro pequeño aposento, me miró y me sonrió. Era de piel más clara de lo usual por esas tierras. Parecía que nunca hubiera tomado sol. Sus ropajes entre negros y azules estaban impecables. Usaba medias largas y blancas como las nubes hasta las rodillas. Sus zapatos no tenían una pizca de lodo ni tierra, como si nunca hubiese pisado el campo. Era más bajo que mi padre y mucho más delgado, claramente nunca había usado una espada mucho menos herramientas de labranza. Varias arrugas en su rostro indicaban que tenía algunos años más que mi padre. Su cabello lacio llegaba hasta sus hombros a manera de campana y llevaba un sombrero con una pequeña pluma blanca en el costado.

Conversó por mucho tiempo con mis padres a la hora del almuerzo mientras yo, aprovechando que había terminado con mis quehaceres, jugaba con mi muñeca en el piso a un lado. No le presté mucha atención hasta que noté que me miraba de vez en cuando. Entonces, me di cuanta que el señor mencionaba lo mucho que me cuidaría y lo bien que me iría en la ciudad estando a su servicio, trabajando para él en su casa como muchacha de servicio. En ese momento me preocupé, no quería separarme de mi familia y sabía que si me iba nunca los volvería a ver de nuevo. Mis padres hicieron lo que les pareció correcto en ese momento y en seguida empacaron mis tres o cuatro prendas de vestir y me enviaron con el terrateniente que no dejaba de sonreír. Al poco tiempo estaba en la carroza con el señor del sombrero y nos encaminábamos a la ciudad. Por la ventana de la carroza pude ver como lágrimas corrían por las mejillas de mi madre mientras la familia se despedía ondeando la mano.

Era de esperarse lo que se venía. Hay pocas razones por las que un señor de esta clase vendría a las parcelas a buscar a una joven niña para llevarla a la ciudad bajo su servicio. En la carroza, después de avanzar por un tiempo, el señor me sonrió, pero de una manera diferente. Podía ver como la expresión en sus ojos cambiaba. Antes era una mirada cálida, casi inocente. En ese momento pude ver lo que luego conocería con el nombre de lujuria mientras el viejo depravado se lanzó sobre mi y empezó a forcejear para desprenderme de mi pequeño vestido. Fue uno de los peores momentos de mi vida y definitivamente el peor de mi infancia.

Entre gritos de desesperación y golpes que parecían no hacer más que alentar a mi agresor, pude ver como los botones de mi pecho salían desprendidos por los tirones de mi agresor. La carroza no se detenía, al parecer esto era su costumbre. Sus manos empezaron a tocar mi frágil cuerpo mientras me trataba de lamer el busto. Entre gemidos del viejo y mis gritos y súplicas, finalmente logré alcanzar la manija de la puerta de la carroza y la abrí. Haciendo uso de todo lo que me quedaba de fuerzas, después de tanto forcejeo al parecer inútil, logré patearlo de algún modo que logré distraerlo por un instante. En el segundo que tuve de respiro no dudé y me boté por la puerta de la carroza. Rodé por una pequeña colina alfombrada en césped corto con mi pecho descubierto y mi vestido roto.

Finalmente, cuando mi descenso había terminado, levanté la cabeza y a pocos pasos estaba un caballo blanco con un joven montado en él. Era Griffith. Lucía hermoso como siempre, con su cabellera blanca como su piel y sus ojos azules como el cielo en un día despejado. Al voltear la cabeza, pude ver que detrás de mí venía corriendo el viejo. Su carroza detenida en la cima de la pequeña colina. El viejo llegando agitado y molesto me gritaba sin cesar con amenazas de dolor y muerte. Yo con lágrimas todavía en los ojos miré a Griffith y le pedí ayuda. A lo que el viejo llegaba a nuestra cercanía, Griffith desde el caballo desenvainó su espada y lo apuntó. El viejo se detuvo al instante y mostró una expresión con cierto asombro. Antes de pronunciar palabra alguna Griffith me miró y habló. – Como yo lo veo, cada persona debe de poder luchar para defenderse.- En ese momento vi como Griffith lanzó la espada hacia mi. Yo seguía en el suelo y el viejo de pie a pocos pasos. La espada cayó finalmente y se clavó en el piso a mi lado. – Haz lo que tengas que hacer.- Fue lo último que escuché de Griffith antes del grito que dio el viejo al empezar la carrera para tomar la espada. Con miedo y respiración acelerada me hice a un lado y estiré mi brazo para tomar la espada desde el piso y una vez empuñada me volteé con la punta hacia el viejo. El mismo que al botarse hacia mi quedó atravesado completamente desde le pecho hacia la espalda. El viejo terminó de caer encima mío mientras dio su último respiro.

Mientras me quitaba de encima el cuerpo inerte de mi antiguo agresor. Griffith se bajó del caballo y me pasó una frazada para taparme. Removió su espada del viejo para luego limpiarla con un trapo y proceder a envainarla. Me miró, sonrió y fue a montar su caballo nuevamente. Se despidió de mi y fue a reunirse con el resto de su pequeño grupo que estaba mirando lo sucedido desde unos árboles y arbustos cercanos. No me había percatado hasta el momento de la presencia de aquellos guerreros y me di cuanta que estaría completamente sola de quedarme ahí. En seguida corrí hacia ellos y me dirigí a Griffith. – ¡Por favor, llévame contigo! – Le dije casi gritando. - ¿Estás segura de querer venir? – A lo que asentí con la cabeza mientras sonreí. Griffith sonrió de vuelta e hizo una señal a uno de sus compañeros. El cual en seguida me levantó y me puso sobre su caballo a su espalda y desde entonces he pasado junto a Griffith y a los Halcones en las buenas y malas, ayudándolo a Griffith a cumplir su sueño.


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