El pueblo recibe cortésmente a un grupo de mercenarios que los ayudan a defenderse de una pequeña banda de bárbaros, los cuales al ver al pequeño grupo de guerreros a sueldo se echan para atrás sin pensarlo mucho. Este grupo es liderado por Siete Vientos de Lluvia, que es traído a esta zona por sus sueños de un bosque que cumple ciertas características muy parecidas a las encontradas cerca de Sinel.
Sinel, pequeño pueblo en las fronteras de Harborhead, por el sur de Marukan, al borde del gran bosque que sigue la gran cordillera sur oriental. Al 24 de Fuego menguante, pocos días antes de la Gran Calibración, a los 6 años de la desaparición de la Emperatriz.
Luego de un par de semanas, llega también otro grupo de mercenarios, esta vez comandados por Gutts, con sueños similares a Siete Vientos pero con ideales muy diferentes, sin embargo no hay enfrentamiento alguno y son recibidos nerviosamente por el venerable líder del pueblo, Tristeza de Oro.
Aunque lleva ya un par de días en el pueblo, Ben Sitrius, un aventurero bondadoso, se siente cómodo con la amabilidad de los pobladores y se sorprende un poco al ver a ambos grupos guerreros desmontar y entrar al mercado, donde por cierto las voluptuosas meseras de la taberna no han dejado de echarle ojo al dejarle sus bebidas y desabrida comida.
Aquel día, estando el sol inconquistable en lo mas alto del cielo, un pequeño escándalo se suscito cerca del mercado, un pequeño niño fue encontrado asustado y llorando en las puertas del pueblo que dan hacia el sur, cerca de la jungla, muy poco usadas, siendo los habitantes de Sinel supersticiosos y poco confiados en las bondades del bosque.
La calidez del día no puede ocultar las lágrimas del niño y de varias mujeres que lo atienden. En esos momentos desmontaba Siete Vientos y siendo siempre un corazón amigable decide investigar lo sucedido y la respuesta de los pobladores no es muy favorable hacia el, dejándolos a sus propias calamidades se aleja y vuelve a sus hombres luego de investigar con una anciana del mercado lo sucedido.
El pequeño ha vuelto solo, dice la asustada vendedora de frutas y manjares, salieron hacia el bosque con otro niño malcriado hace un día, contra los deseos de sus madres y ahora uno se ha perdido, pero no comprendo que aterraría tanto a este insolente!
No fue solo la explosiva fuga de pájaros desde aquella zona atrás del pueblo que llamo la atención de Naa'il Rorken, unos instantes antes las ardillas en sus hombros estaban muy asustadas, sin embargo los gritos en la aldea, unos breves instantes después, fueron razón suficiente para que el viajero decida acercarse mas al pueblo de lo que había hecho las ultimas semanas.
Con velocidad impresionante, sobre y entre las ramas altas, se acorto la distancia entre el pueblo y su improvisado cubil, con esperanzas de ayudar a la gente que gritaba, el haltano vio como entraban por el portón principal aquellos dos grupos de guerreros que habían estado acampando cada uno por su lado fuera de las cercas de Sinel.
Mas que unos cuantos rasguños de astillas llamaron la atención de la aldeana mientras ella veía al pobre soldado volar por los aires luego de haber medio entrado por la olvidad puerta trasera del pueblo. Salieron cerca de cuatro soldados a buscar al pequeño perdido y este ultimo no tardo casi nada en volver, sin embargo no logro comentar sobre sus hallazgos, había perdido ya su sentido mientras caía cerca de una sorprendida viejita a unos cuantos metros de la puerta de su casa.
Atravesando la nube de polvo, astillas desparramadas, más de un pedazo de madera volando y un par de soldados aterrizando ensangrentados metros más allá, aparece uno detrás de otro, dos inmensos animales, con macizos músculos en sus brazos y cubiertos de un matoso pelo rojizo y sucio, dientes chorreando saliva y ojos desprovistos de cualquier lucidez. Varias inmensas espinas al parecer óseas cubren su frente y columna vertebral, dándoles una apariencia sobrenatural.
Al poner el primer monstruo su inmensa garra sobre el cuerpo maltrecho de uno de los soldados, se escuchó al unísono, varios gritos de terror desde el mercado y la plaza en general, desde el ahogado suspiro del niño al secarse su última lagrima por el miedo hasta los estruendosos llantos de las comadronas, pasando por las nerviosas pero firmes ordenes del capitán de la guardia que había despachado hace unos minutos a los difuntos soldados.
Se escucho también un ligero silbido metálico y un sonoro choque de acero con hueso, al recibir uno de los brutales simios, un implacable espadazo en la espalda por parte Siete Vientos. El arma había salido despedida en los primeros momentos de terror y fue tomada fugazmente por el guerrero, que sin pensarlo dos veces ya había embestido a la fiera y se encontraba ahora esquivando un mazo inmenso que se atrevió a besar toscamente el lugar que había ocupado unos instantes atrás.
Un grupo de guardias se enfrentaban inseguros con el otro sanguinario gorila e intentaban sin éxito lastimarlo con sus estropeadas lanzas. Luego de un letal barrido con su mazo de enormes dimensiones, el cual volcó a algunos soldados sobre sus espaldas, la bestia se lleno la boca de saliva por toda la deliciosa sangre que podría saborear una vez acabada esta pelea. Cegado por su voracidad, no vio pasar la inmensa hacha dorada que le penetró el hombro con una fuerza salvaje.
Este ultimo monstruo creyó ver en la frente de su atacante un brillo incandescente que le iba quemando el alma y al final su forma se desvaneció en un grito de dolor, que de alguna manera prometía venganza eterna por privarle la satisfacción de sangre fresca.
Unas cuantas flechas de diferentes colores adornaron la espalda del demonio restante al abrirse un espacio y Siete Vientos aprovecho la distracción de dolor brindada por los arqueros que Gutts comandaba para esquivar una peligrosa garra y por las mismas ensayar un tajo cruzado hacia la cabeza con tal fuerza que la espada quedo fragmentada luego del sonoro crujido de la hoja contra hueso.
En la mirada sorprendida de Siete Vientos se reflejo una ligera satisfacción, pues el golpe aunque terminó destruyendo la espada, le dio una apertura a uno de los soldados sobrantes, que sin perder el tiempo hundió su lanza en las entrañas de la bestia que había perdido el sentido momentáneamente. Tanak disfrutó dar aquel último golpe y celebró el desvanecimiento del monstruo con una mirada curiosa sobre Ben, que levantaba su increíble hacha por sobre su cabeza para un inconcluso ataque final.
Saltar de la ultima rama del bosque sobre la cerca y caer levemente en el tejado de la choza mas cercana no fue dificil para Naa'il, desde su punto de altura alcanzo a ver los ultimos movimientos de la batalla y un brillo peculiar llamo su atencion. El glorioso reflejo de aquella gran hoja, implicaba mas factores en este asunto.
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