En ese momento Griffith no podía ver más. La pequeña luz blanca que apareció de manera inesperada y le permitió ver su desnudez mientras flotaba en la inmensidad de la nada desapareció repentinamente, tan rápido como apareció. De a poco una imagen empezó a formarse a su alrededor. Veía a un niño de diez años con sonrisa alegre jugando en una pradera a las afueras de lo que parecía ser un pequeño pueblo. El niño empezó a perseguir una mariposa y para ello pasó entre las barandas de la cerca de madera que delimitaba su parcela. Al fondo se veía una pequeña chabola con humo saliendo de su chimenea. Era hora del almuerzo y el buen aroma de la comida salía por la ventana, sin embargo, no parecía llamar mucho la atención del niño que se aventuraba por fuera de sus tierras detrás de la mariposa. El sol estaba en su cenit resplandeciente como cada día y la única sombra que había era la de los árboles que se hallaban fuera de los campos de cultivo. El tiempo pasaba y el niño se alejaba cada vez más de su casa para terminar en el bosque entre los árboles frutales y demás que existían en la zona. De la nada el cielo empezó a nublarse y sonaron algunos truenos. El niño perdió la pista de la mariposa al levantar la cabeza y mirar al firmamento y sintió en su rostro una gota de lluvia caer. Antes que empezara a llover con fuerza el niño empezó a buscar refugio cercano. Estando lejos de su casa y sinceramente algo perdido, entre árboles que nunca había visto encontró un arco de piedra que parecía ser ruinas de una entrada antigua a un patio de un templo o algo semejante. Griffith podía ver esto como si fuera un ave que volara sobre el niño, podía girar la cabeza y ver cosas a su alrededor que el niño pasaba por alto. Así, el niño una vez adentro de estas ruinas notó que la lluvia caía con más fuerza cada vez. Continuando su búsqueda por un techo para permanecer en algo seco, mientras un relámpago iluminaba parcialmente el sector, vio que debajo de dos árboles grandes y casi completamente tapado por las raíces, había una entrada a lo que parecía ser una caverna. Era una situación compleja, entrar a un lugar desconocido y potencialmente peligroso o quedarse afuera y soportar el mal tiempo y rezar a los Dioses para no caer enfermo. Finalmente se dispuso a entrar por debajo de los dos grandes troncos haciendo hacia los lados las raíces musgosas que colgaban en frente del umbral. Detrás del arco ojival de piedra, casi imperceptible de tanta vegetación y tierra que la cubría, había una escalera que abría camino hacia el subsuelo. De a poco se veía como el agua de los alrededores empezaba a escurrirse por estas para terminar penetrando el hueco oscuro. La visión termina cuando el niño da un paso hacia el umbral, se detiene un momento, mira el cielo mientras apoya su mano en uno de los pilares y luego se decide a entrar a lo desconocido. Después, todo regresó a la oscuridad y suavidad de su antiguo estado. Griffith yacía suspendido en la nada una vez más sin ver su mano en frente de su rostro. Sólo sentía su respiración calmada y un frío intenso que no lo hacía temblar. Poco a poco surgió la pequeña luz blanca de nuevo y con ella la voz misteriosa de antes.
Nuevamente la luz se disipó y la oscuridad rodeaba a Griffith. Cerró los ojos por un momento sin saber que vendría a continuación. No había sonido alguno, ni si quiera el de sus latidos, en especial considerando que no tenía cuerpo. Griffith no distinguía si tenía los ojos abiertos o cerrados hasta que apretó sus párpados para sentir la presión. Entonces empezó a escuchar sonidos a la distancia que poco a poco se fueron haciendo más fuertes, como si se acercaran. Abrió lentamente los ojos para encontrarse de pie en la recámara de un noble. El dormitorio estaba levemente iluminado por dos o tres velas en un candelabro sobre un escritorio a la entrada y por la chimenea que seguía con un poco de leña prendida. Al fondo de la recámara había un balcón grande con las puertas abiertas y las cortinas moviéndose hacia dentro del cuarto gracias al viento. La luna iluminaba dos copas de vino a medio tomar que reposaban en la baranda externa de piedra gris. Hacia su derecha, Griffith podía ver la cama con sábanas al parecer blancas, cobijas y cojines de terciopelo azul y rojos. En el piso se veían ropajes de diversos colores que entre sombras no se distinguían. Un olor tenue a incienso se juntaba al aroma de los troncos en llamas y al hedor del sudor proveniente de su derecha. Había movimiento debajo de las cobijas. Dos cuerpos entrelazados formaban sombras indefinidas en veloz movimiento, fijados en la pared de fondo gracias a la luz de la chimenea y de las velas que estaban al frente de la cama. Más allá de la cama, cerca de la entrada hacia el balcón, se podía ver detrás de las cortinas ondeantes que había un sofá grande de madera tallada con gran detalle, cubierto de terciopelo rojo. A un lado, entre el sofá y la cama, había otro mueble semejante pero incapaz de sostener a una persona, que sostenía una corona dorada de cuatro puntas con gemas incrustadas, rojas, verdes y cristalinas a todo su alrededor. Griffith se inquietó y abrió más los ojos.
De repente las sombras en la pared cesaron su movimiento. Al levantarse las sábanas, Griffith pudo ver a un hombre viejo con barba poco cuidada y gordo de tanto comer y dormir, que con los ojos cerrados abrazaba por la espalda a un joven delgado de cabellera blanca con una mirada de desprecio en sus ojos.
Con estas palabras todo se volvió oscuro de nuevo. Una vez más Griffith estaba flotando en la nada solo acompañado de aquella voz.
De repente todo se iluminó. Era un día soleado y alrededor de Griffith yacía un campo con pasto verde a media canilla, árboles esparcidos por la cercanía llenos de hojas y algunas flores. Se sentía la brisa pasar llevando fragancias de frutas y flores. El zumbar de algunas abejas se unía de manera armoniosa con el blandir de dos espadas que al parecer chocaban al otro lado de una colina a pocos pasos. Griffith empezó a caminar y al llegar al tope de la colina pudo ver su combate con Gutts.
Terminado el combate que Griffith admiraba con una sonrisa, todo se volvió oscuro, nuevamente el frío de la nada lo rodeaba. La voz no se escuchaba por ninguna parte y la desesperación empezó a apoderarse de él poco a poco. No podía moverse y simplemente flotaba. Pasó más tiempo que en las ocasiones anteriores para que una visión aparezca o la extraña voz se pronuncie, parecía que pasaran días, quizás semanas. De repente apareció la luz de nuevo y esta vez, poco a poco sentía como era halado hacia ella. Griffith cerró los ojos y de repente al abrirlos se encontraba en medio de una jungla tupida. Lleno de árboles que rozaban los cielos. Se percibía un olor a tierra húmeda y mucha vegetación. El sonido de insectos y aves de la noche invadían el lugar. Plantas de hojas grandes le impedían ver hacia delante cuando escuchó lo que podía ser el galope de un caballo que pasaba cerca de él. En seguida se abrió paso entre las ramas y en frente suyo a pocos pasos había un claro. En el claro se veía el pie de una gran estructura. Al pie de la edificación estaba parado un buey majestuoso de pelo platinado casi blanco con una corona de plata terminada en doce púas que apuntaban a la luna. Griffith se acercó para ver la inmensa estructura de piedras rojas y con ello notó que se trataba de una gran pirámide llena de insignias y pictogramas gravados en toda piedra que no lograba entender. El buey miró hacia su dirección por un momento, casi como si pudiera verlo, pero no hizo nada y regresó su mirada hacia la pirámide. Al poco tiempo, de unas escaleras en la pirámide bajaba un guerrero vistiendo una armadura dorada y llevando en su espalda, sobre su capa, una espada del color del sol. Más grande que cualquier otra espada que haya visto en su existencia. El Buey empezó a transformarse de a poco para terminar vistiendo piel de mujer. Era hermosa, firme y fuerte, de figura esbelta con atributos voluptuosos y con vestimentas pequeñas. Su corona cambió también para terminar en una espada casi del tamaño de la otra, esta tenía decenas de púas entorchadas apuntando hacia todas las direcciones a manera de filos plateados. Se dijeron pocas palabras y empezaron un duelo que duró hasta el amanecer. La pelea fue exhaustiva, llena de técnica y vigor de parte de ambos contrincantes. Sus ataques y defensas aunque mundanas parecían divinos. Cada movimiento era estudiado por el adversario, ningún golpe era al azar, cada uno cumplía un propósito claro, buscando debilitar al oponente, cansarlo y herirlo. Entre ataque y bloqueo caía sangre de ambos guerreros al piso que se mezclaba con sudor y tierra. Poco a poco fueron pasando las horas hasta que los dos, llenos de pequeños y grandes cortes se alistaban para su ataque final. Griffith notó que en la cercanía otra persona también miraba el combate. Al parecer estaba de parte del guerrero con la espada dorada. Sin embargo nunca intercedió en la pugna. La mujer tenía herido el hombro, parte de su vientre y su pierna izquierda en profundidad. El guerrero dorado tenía su brazo izquierdo cortado casi hasta el hueso. Ambos, a pesar de estar cansados y severamente lastimados, se disponían a atacar. Cuando los primeros rayos de luz aparecieron sobre las pirámides el duelo terminó. Ambos bajaron sus armas y respiraron con más calma. La mujer le dijo unas palabras y se empezó a transformar nuevamente en el gran buey platinado mientras el guerrero apoyaba su espada en el suelo. En seguida y sin poder acercarse más para escuchar lo dicho, todo se volvió borroso y luego negro. El último viaje había terminado.
De repente Griffith abrió los ojos y no podía ver nada pero podía moverse. Estaba atrapado en lo que al parecer era una caja de piedra. Sus heridas mortales estaban sanadas y sentía que tenía su armadura y su espada consigo. Una sonrisa nació de su boca y pensó. “Me gustan las segundas oportunidades.” Mientras colocaba su mano sobre su pecho y sentía que su pendiente seguía con él.
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