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El Renacer de Tee'ira

Ningún lugar es mejor que el propio hogar. Peor, ¿qué sucede cuando no eres bienvenido en tu propio pueblo o en tu propia casa? El mundo de posibilidades es inmenso; podrías deprimirte, odiar al destino, volverte loco. Yo elegí seguir luchando, seguir viviendo.

Poco tiempo atrás, mi vida era normal, sin grandes complicaciones. Pero una noche, todo cambió. Nadie vio o escucho nada, el peligro acercándose y todos ignorantes de la inminente desgracia. Yo me encontraba recostada en el techo de mi casa, bueno, la que era mi casa. Observaba las estrellas con mi mente distraída. De pronto el sonido de la noche cambió, pasó de ser el común sonido de los animales nocturnos y el viento soplar a gritos de alerta y desesperación. Se podía escuchar claramente los gritos de mujeres y el llanto de los niños. Poco a poco la conmoción se apoderaba del pueblo. Tomé mi arco y un grupo de flechas y me dirigí inmediatamente al sector mas cercano del que venían los gritos. Mientras avanzaba podía ver a muchos ancianos y niños encerrarse en sus casas, mientras los hombres y mujeres aptos para pelear avanzábamos rápidamente al encuentro de la batalla. De pronto el terror se apodero de muchos; humo. Aquel humo que significaba fuego. Al llegar, el panorama solo empeoraba, cadáveres por doquier y fuego cubriendo una parte del sector desatando el caos. De pronto y de la nada, una flecha golpeo el cuerpo de uno de los aldeanos que avanzaba junto a mí. Por un momento puede apreciar la expresión de terror en el rostro de la victima, quien con la flecha en la garganta comenzó su caída final al suelo, perdiéndose entre las ramas de los frondosos árboles. Mi mirada pronto encontró al asesino, un individuo enmascarado, de unos 2 metros de altura, agazapado sobre la copa de un árbol, terminando de cargar su arco y ahora apuntando a un nuevo blanco; yo. Por escaso margen logré ocultarme tras un tronco grande para evitar la flecha. Distraída pensando en cargar mi arco, no me percate que otro individuo enmascarado se acercaba por mi flanco. Esta vez, no lo pude ver a tiempo y con una daga corta me atacó. Su corte de manera lateral logró cortarme la parte frontal del abdomen. A pesar de no ser un corte muy profundo, sentía un dolor insoportable. Para esquivar el ataque, brinqué hacia atrás en busca de la rama de otro árbol. Pero fue entonces que comprendí mi grave error. Solo pude sentir el dolor en mi muslo, cuando una flecha lo atravesó. Perdí completamente el equilibrio al caer en la rama a la que había saltado, resbale pero logre agarrarme con la mano libre. Me sentí mareada, entonces comprendí por que el corte de la daga dolía tanto; veneno. Poco a poco sentía perderse mis fuerzas. Antes de caer, pude observar con mucha pena como la gente del pueblo caía poco a poco a manos de individuos enmascarados. Solo podía ser los ladrones del bosque, pero saberlo ya no importaba, mi mano cedió y supe que era el final. Comencé a caer. En segundos, durante mi caída, pude escuchar las voces de batalla, los gritos de los aldeanos que morían y mi corazón deteniéndose poco a poco y finalmente llegó el silencio de la inconsciencia.

No podía ver pero aun sentía que caía. Tras un parpadeo, todo lo que veía había cambiado. Era de día, y ningún signo de pelea se veía por ningún lado, es más no me encontraba en el mismo lugar, solo veía arboles por todos lados. No escuchaba nada, excepto mi respiración. Ya no caía rápidamente, todo era lento. Entre las ramas podía ver pasar la luz del sol, y a lo lejos, podía verlo como terminaba de salir por el horizonte. De un momento a otro, apareció una figura que se escondía frente a la luz del sol, por lo que solo podía ver su silueta entre las ramas, mientras descendía a mi misma velocidad unos 10 metros alejado de mí. De pronto pude ver parte de su rostro, y note que sonreía. Luego movía sus labios, pero yo no escuchaba nada. Entonces lo escuche. “Abre los ojos, noble guerrera, el momento ha llegado ya”.

Al abrir los ojos me vi cayendo. El barullo de la pelea y las llamas cubriendo parte del pueblo me recordaron donde estaba. Ya no sentía el dolor ni el aletargamiento del veneno. Pocos metros antes de caer al suelo, logre agarrarme de una rama y con el mismo impulso salí disparada hacia arriba. Nunca había sido tan fácil hacer algo así. Tras un segundo impulso apoyándome sobre la pierna que no fue alcanzada por la flecha, logre llegar a la misma altura de la que había caído antes. Allí me esperaba el asesino que me había envenenado. Pero en realidad, el no me esperaba. Más sorprendente aun, su mirada denotaba terror. Podía verla claramente. Ni bien puse la pierna sobre la rama me incline sobre mi lado apoyando mis manos en la misma, acertando una patada directa a la cabeza del individuo. Juraría haber escuchado, entre tanto ruido, como se rompía su cuello; pronto caía inerte mientras me acomodaba en la rama. Rápidamente busque mi arco; aun lo tenía, acostumbro siempre amarrarlo a mi muñeca para no perderlo tan fácilmente. Mientras lo hacía dirigía mi mirada al arquero que me había disparado. Note que estaba como paralizado, sin poder siquiera atacarme. Aun cuando tenía mi arco, había perdido mis flechas cuando caía anteriormente, pero, supe que no las necesitaba. Una flecha de luz se materializo en mi mano, tan rápido como aparecía apunté y disparé contra el bandido. La flecha golpeo el rostro del tipo, atravesando su cabeza de extremo a extremo, y un par de metros mas atrás, se desvaneció dejando remanentes como chispas al desaparecer. Con la claridad que podía ver, fui acabando con todo aquel que encontraba, mientras podía notar que otros huían. En mi frenesí nunca me detuve a pensar en el porque podía ver tan claro todo. Solo se me podía ocurrir que era por causa del fuego.

Al acabar con el último enemigo que quedaba, me detuve a respirar lentamente, mientras soltaba su cuerpo dejándolo caer por entre las ramas, a ese ultimo le había atravesado el pecho con su propia daga. Mientras me reincorporaba, empecé a notar algo extraño. Había aldeanos cerca de mi, que cuando los miraba, retrocedían mirándome con horror, mientras otros se paraban desafiantes mirándome, pero claramente asustados. ¿Era acaso por mí? Entonces comprendí el porque. Sobre la hoja de hierro de la daga que segundos atrás había usado, pude ver el reflejo de mi rostro. En la frente un símbolo circular, y detrás de mí, hacia arriba, halos de luz dorada eran los que iluminaban todo, no era el fuego, era yo. Comprendí entonces el terror de todos. ¿Era esta la apariencia de un… Anathema?, ¿Era entonces yo un demonio? ¡NO! De pronto mi mente se aclaró, y entendí cual era la verdad. Supe quien era. Entendí la mentira en la que siempre creí, aquella que los elegidos por los dragones me habían hecho creer todos estos años. Yo no era un demonio, yo era una elegida del dios Sol. Por unos segundos mi mente divagó en vagos recuerdos de una era antigua, donde existí en otro cuerpo. Nada era totalmente claro, pero si suficiente para entender lo necesario. Entonces mi mente regresó al momento que estaba viviendo en ese instante. A mi alrededor, muchos creyentes de las doctrinas impartidas por el Imperio, me veían como un ser diabólico. Que equivocados que estaban. En vano intenté que entendieran la verdad. Nadie me dejaba siquiera acercarme. Ni mi propio padre, ni mi abuela que ya para entonces habían llegado al lugar, se atrevían a mirarme. Sentí el rechazo, sentí el desprecio. Vi su miedo y entendí entonces que ese ya no era mi lugar. Con mi nuevo poder, había dejado atrás toda la vida que alguna vez conocí. Ese ya no era más mi hogar. En ese momento mi mundo se vino abajo. Pero decidí mirar al frente, ya nunca más atrás. Tomé lo poco que tenía y simplemente me marché. Desde entonces vago por la Creación, en busca de otros como yo, con una sola misión: REGRESAR EL ORDEN DE LA CREACION.



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