Muchas historias son contadas. Narraciones de leyendas sobre grandes batallas, situaciones, lugares o personas. Pero todas ellas tienen algo en común, y eso es que son traspasadas generación tras generación, contada de padre a hijo, para ser expuestas ante la comunidad, lo cual provoca que parte de la verdad se pierda con el paso del tiempo. Pero la historia que les voy a contar, carece de esa particularidad, es fiel a la realidad.
En aquella época, los cielos en la creación eran surcados por grandes máquinas, maravillas de la tecnología. Brillantes naves, alimentadas con grandes cantidades de energía vital, esencia canalizada. Al este, cerca del polo del bosque, una de ellas fuertemente armada, sobrevolaba los bosques, en búsqueda de un grupo de Fairfolks, avistados hacia poco menos de una hora, por un grupo de patrullaje. El capitán de aquella nave, llamado Quentin, era un elegido por el dios Sol, como un noble guerrero de la casta del amanecer. El resto de la tripulación estaba conformada por 4 formidables guerreros lunares quienes hacían las veces de pilotos y otorgaban su esencia, y un grupo de bien entrenados mortales.
Durante varios minutos el sector fue peinado, palmo a palmo, hasta q de pronto se obtuvo noticias. Cinco kilómetros al norte un grupo de avanzada había hallado a los invasores. Estaban en un pueblo. Durante la comunicación, se requirió de una inmediata intervención, la nave rápidamente se dirigió al lugar.
Todo aquel que sepa lo que es un Fairfolk, tiene una vaga idea de lo que estos abominables seres son capaces de hacer. Pero aquel día, al estar cerca del lugar, la visión de los ocupantes del acorazado de guerra fue simplemente aterradora. El pueblo de aproximadamente unas 50 casas, estaba parcialmente destruido, los rastros de la invasión se podía apreciar por todos lados. Los Fairfolks estaban allí, y los sobrevivientes… bueno, hubiera sido mucho mejor para ellos haber muerto. En el centro del pueblo, los imponentes Fairfolks se deleitaban con el espectáculo por un lado, de hombres soltados dentro de jaulas donde grifos se divertían picoteándolos hasta la muerte, y por otro lado, mas abominable aun, hobgoblins, en grupos de tres o cuatro, ultrajaban salvajemente mujeres, y luego satisfechos, acababan con la vida de las mismas.
El radar de esencia de la nave, detectaba la ubicación de cada uno de los actores de este depravado espectáculo, pero aparte de eso, detecto la presencia de unos cincuenta mortales más, ubicados debajo de una de las estructuras más grandes del ahora condenado pueblo. Por el nivel de la señal, se presumió inmediatamente que eran niños, a los cuales los adultos del pueblo habían escondido antes de la llegada de los Fairfolks.
En ese momento, y para asombro de todos los ocupantes del navío, una orden distinta a la esperada fue dada. “Abran fuego total”. La voz del capitán, resonó en la cabina de mando de la nave, impactando a todos los presentes. Uno de los pilotos lunares, sin aun entender lo que estaba pasado, se dirigió a el, recordándole que a los niños aun se los podía salvar y que había hombres aun vivos. Apuntando lo obvio, indicó que el fuego total, destruiría no solo a los Fairfolks, sino también al pueblo entero.
Quentin miró al piloto, su expresión era distinta a la que todos conocían. Tras la fulminante mirada y antes de que cualquiera pudiera hacer algo, una de las dagas de Quentin voló por el aire impactando en el hombro del lunar haciéndole caer al suelo un par de metros atrás. Aun estando la daga en el aire, el poderoso Solar venía volando luego de un gran salto y al caer junto al Lunar, puso su pie sobre la daga aun clavada produciéndole un dolor penetrante.
En ese momento, tras la explosión total del aura de Quentin, una voz como trueno retumbo en el puente; “Dije, abran fuego”. Aquel encargado de las armas, más por miedo que por cualquier otra cosa, presionó el botón de disparo. La gran ráfaga de rayos de los cañones de esencia se precipitó directamente al pueblo, destruyendo todo lo que se podía ver. Muchos de los tripulantes tan solo pudieron lamentarse, otros cerraron sus ojos pretendiendo que nada estaba pasando.
Luego Quentin, un Lunar y 2 mortales, se embarcaron en una nave de transbordo pequeño y se dirigieron a las ruinas de lo que hasta hacía un minuto atrás era un pueblo. Al llegar se pudo constatar de cerca, la inminente destrucción. Cuerpos por todos lados, restos de las edificaciones y finalmente el más horrible de todos los espectáculos. Aquel lugar donde se había ubicado el refugio subterráneo, prácticamente desplomado. Parte de los pequeños cuerpos de niños se podían ver entre los escombros. La mirada de Quentin era de satisfacción por la destrucción allí realizada.
Había uno sobreviviente, agonizando. Al acercarse uno de los mortales, para de manera piadosa, darle una muerte rápida al aldeano, se encontró con la espada de Quentin cercenando una de sus piernas. El Solar demandó dejar que sufran hasta el final, todos los que quedaban en el pueblo aun vivos, incluido el tripulante al que atacó. Regresaron a la nave, sin el mortal desmembrado, el silencio en el lugar fue total. Nadie se atrevió a decir nada, nadie fue capaz siquiera de reaccionar. El choque de aquella imagen despiadada del Solar, había dejado sin reacción a todos. Nadie podía creer que ese mismo era al que todos conocían como el más piadoso de los Exaltados.
Muchas historias son contadas, y muchas veces se pierde la verdad de ellas, pero esta es tal cual la cuento. Yo estuve allí y lo vi todo, yo baje con el y vi su cara. Solo pudimos saber tiempo después, que quizás habíamos visto la primera muestra de la crueldad de los mal llamados Príncipes de la Creación, aquella crueldad que los llevó a la extinción. Hoy, siglos después, están volviendo. Pero yo, Aliento Sangriento, por mi honor y en el nombre de Luna, no permitiré, que vuelva a suceder.
2008-05-05
2008-05-03
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