Desde aquel momento y durante varios dias, muy a su manera, el gran Strix Verde paso momentos contándome todo lo que sabía, o solo lo que quería contarme. Día tras día escuchaba sus historias, unas gloriosas al principio y otras patéticas, del final, acerca de los elegidos por el dios sol. Con cada palabra, recordaba algo más. Cuando solo era un mortal, me había percatado de un detalle poco usual al estar en el peñasco junto al espíritu, siempre pense que era su presencia. Pero, ahora más despierto a lo que me rodeaba, me di cuenta de lo que era.
Señalé hacia aquella entrada, que se encontraba detras de él; aquella entrada de la que, por alguna razón fuera de mi entendimiento, nunca me había percatado. era como que siempre estuvo allí pero nunca la pude ver. El espíritu simplemente sonrió, en lo posible que un Strix podría.
En aquel momento, tanto mi expresión de desconcierto acerca de la entrada fue suficiente respuesta para el Strix.
Decidí hacerlo como el decía.
Pasaba el tiempo y apredí a controlar cada vez mejor mis nuevos poderes, no, mis poderes recuperados. Las cosas empezaron a ser cada día más faciles, cada vez más... aburridas.
Transcurrían los días y además de todo lo que había obtenido, mi familia, aquellos fieles animales que vivían conmigo, había crecido. Ahora la majestuosa aguila que aquel día salve, sin saberlo entonces había convertido en algo más. Tenía un lazo empático con mis amigos-mascota, pero con aquella águila era superior. Luego aprendí a compartir sus sentidos con los mios y a sentirme mas fuerte cuando la tenía junto a mi.
Tiempo despues, el Strix, notó como estaba perdido en mis pensamientos, y como había llegado a conocer muy bien, supo que se debía a mi aburrimiento por falta de retos.
Para aquel momento mis ojos estaban ciertamente mas abiertos de lo normal, mi mirada era como la de un niño ansioso. Las manos me sudaban. Mis pies quería salir corriendo detras de aquel maravilloso tesoro. Para ese rato, es Strix me podía leer como un libro abierto, debido a mi lenguaje corporal.
Fue entonces que aquella tarde me prepare en lo posible para empezar mi viaje. Y al caer la noche, pase a despedirme de mi.. amigo. No dijo nada, y tan solo extendió su majestuosa ala, como señalandome el camino que debía tomar.
Y desde aquel momento empezó mi primera gran aventura.
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